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Cuarenta minutos

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Después de años retrasando la visita al oftalmólogo, me decidí finalmente. Hace casi 13 años que me operé de miopía y que dejé de escudriñar entornando los ojos para ver de lejos, al tiempo que descubría un nuevo mundo con límites definidos.

Desde hace 13 años saludo a quien quiero saludar y no a todo el mundo, como solía hacer cuando me olvidaba las gafas, para no parecer antipática o engreída.

Pues hace unos días visité, por fin, a mi oftalmóloga:

—Me escuecen muchísimo los ojos.

—Tienes nosequé-titis.

— Ah.

— Nada importante. Basta con hacerte todas las noches una limpieza palpebral.

— ¿Una limpieza palpebral? ¿Todas las noches?

La oftalmóloga no comprende mi pesar, apuesto a que tampoco lo comparte, alégrate de que al menos este año te libras de las gafas, tu condición de miope está retrasando tu presbicia, dice alegremente mientras me muestra en qué consiste la limpieza palpebral.

—Recuerda: todas las noches antes de acostarte. Sólo son 10 o 12 minutos.

De vuelta a casa, con la pupila dilatada y sin apenas ver por dónde camino, me doy cuenta de que ya no saludo ni sonrío a diestro y siniestro como hacía hace 13 años, a pesar de no reconocer a nadie, ni a mí misma en algunos tramos, satisfecha al sentir que quizás sea debido a que ya me importa menos los que puedan pensar de mí.

Llego a casa y hago las cuentas:

  • 10 o 12 minutos de limpieza palpebral.
  • 5 minutitos para la  loción que previene la caída del pelo, que últimamente el estrés parece que no se detiene.
  • 10 minutitos de estiramientos prescritos por mi traumatóloga para mejorar los dolores de mi hernia discal y la escoliosis. Un breve saludo al sol y perro boca abajo.
  • 5 minutitos para limpiarme el cutis en profundidad y ponerme alguna crema.
  • 5 minutitos para lavar la férula de descarga y colocármela para no hacerme polvo la dentadura al dormir.

Repaso mentalmente la lista y la comparto con mi marido. Necesito todos los días un mínimo de 40 minutos antes de poder meterme en la cama. Y siento que quizás envejecer sea esto: ir recogiendo tus trocitos poco a poco durante la tarde, ponerlos todos juntos y bien colocados junto a tu almohada, cerrar los ojos y levantarse luego, reconstruirte de nuevo para a lo largo del día ir dejando caer partes de tu cuerpo que luego recompondrás cuidadosamente cuando llegue la noche, hasta que no haya mucho más que tirar ni retener ni nada.

Será porque ese apego y cariño se debe, como dice Millás, que al final el juguete que más nos gusta es nuestro propio cuerpo, y verdaderamente no hay nada como nuestro cerebro, nuestras manos, nuestros ojos y dientes, nuestro todo, para poder disfrutar. Lo pienso mientras en la oficina me dirijo a la fotocopiadora a recoger un informe sobre las prioridades de la Comisión Europea que leer cuando me acueste, cuando consuma como mínimo esos 40 minutos que ya me hacen falta para poder aproximarme al descanso.

Cojo los folios y me encuentro allí, junto a la fotocopiadora, un ojo azul del mismo tono que la moqueta, mirándome suplicante pero sin rastro de miopía ni presbicia. La mayoría de mis compañeros son jóvenes que no requieren de tiempo para recomponerse antes de ir a dormir, como los niños que son capaces de dormitar en cualquier parte y momento.

Siento la tentación de poner un anuncio en nuestra intranet Connected para anunciar que me he encontrado un ojo joven, azul, diría que de chica por los restos de rímel en las pestañas, pero tengo una mañana complicada y una reunión me lleva a otra y otra a la siguiente, así que dejo el ojo sobre mi mesa eléctrica que sube y baja para aliviarme la presión de la hernia. Allí permanece unas cuantas horas, como un trofeo, y me sorprende de verdad que nadie lo reclame, que nadie haya buscado desesperadamente su ojo azul antes de marcharse a casa.

Quizás el apego al cuerpo crezca con la edad, me digo.

A la mañana siguiente, llego una de las primeras a la oficina. Mi despacho desprende una luz inusual y extrañamente gélida. Es el ojo, me digo. Y me lo encuentro allí arriba, próximo al techo y sustituyendo a toda luz, igualito que el que pintó el surrealista René Magritte, sobrehumano y divino.

El espejo falso (1928). René Magritte.
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