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Monsieur André

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mensieur André

 

Monsieur André tiene 86 años y la piel traslúcida. Las mejillas tersas, aunque arrastre las palabras y su cuerpo con la dificultad propia de tanta vida. Quizás esta mañana se haya levantado cansado. O las piernas le hayan temblado un poco más. Una convulsión apenas perceptible. Los años se van acumulando poquito a poco, hasta que un buen día uno necesita el sustento de un bastón para el paso más nimio y la voz no quiere jugar a ser libre.

Esta mañana hemos emprendido la marcha un poco tarde. Mientras los niños juegan a molestarse, escuchamos un leve quejido. O no. O lo sentimos. O hay algo que nos perturba dentro desde allá a lo lejos. Todo brilla diferente en un lugar desconocido. En este parking con matrículas forasteras en el que dormimos hace 10 días en un coche que tampoco es el nuestro.

Monsieur André tiene 86 años y su bastón le ha fallado. Nos suplica desde el suelo con un gemido que suena igual en todos los idiomas. No sabemos qué nos dice ni cuánto tiempo lleva oliendo la tierra. Por eso volamos los cuatro a su llamada aunque no entendamos una palabra. Es cierto que hay miradas universales y los ojos de Monsieur André irradian miedo y vergüenza a partes iguales. Lo levantamos sosteniéndolo por las axilas, con firmeza y ternura, como se aupan a los bebés que juegan a caminar por el mundo. Ahora balbucea como un niño octogenario.

“Es que tengo 86 años”, suelta tratando de mantener la compostura. Como si fuera un pretexto en lugar de una insignia. “¿Españoles? Adoro España. Será cosa del destino”. Y nos brinda un “merci beaucoup” en cada resuello.

Ahora anochece y suena el timbre del apartamento. Tras la puerta se asoman unas mejillas tersas que han recobrado el color. Monsieur André quiere que su mujer conozca a la familia que no lo ha abandonado en el suelo. Como si hubiera otra opción posible. Un mirar hacia otro lado. Un no entender las pupilas. Un desprecio a la edad. Ahora es su mujer la que comienza a agradecer el gesto en perfecto español. Cosas de la vida, nos dice. Su madre era de Valladolid, pero a veces la vida te hace elegir entre el corazón o la tierra, y uno tiene que optar por el latido más fuerte. Por la palpitación más valiente y robusta.

Viendo el pulso vigoroso en la mirada enamorada de Monsieur André, ella ratifica la decisión tomada hace años, mientras nos tiende un pequeño obsequio muestra de su agradecimiento. Daría unos cuantos latidos por provocar esa mirada con ochenta años, pienso. Mientras tanto, brindaremos a su salud. Nunca sabe una lo que te depara la vida.

Burdeos, Julio de 2015

Xenia García

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