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Nada

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Las vacaciones no duran nada. Apenas un respiro. Por eso apenas estamos volviendo ya estamos haciendo planes para la siguiente. Apenas te acostumbras a levantarte sin despertador, a que te duela la espalda (no de horas de oficina, no, sino de alguna hora de sueño más), y al instante regresa de nuevo septiembre, tímido en sus formas, casi por la espalda. Nada dura nada, en realidad. Hablaba hoy con un buen amigo que hace años el verano daba para cumplir con cientos de no-propósitos. Por dar, nos daba tiempo hasta de aburrirnos de nosotros mismos y de fingir ser otros, volviendo finalmente al tedio de quienes éramos en junio y alegrándonos de no tener tiempo para hacer todo aquello que habíamos planeado.

La infancia –pienso- cabe en un lapicero de colores de madera sin punta, de rotuladores gastados porque no los tapamos, no les pusimos el capuchón, confiando en que ya lo haríamos mañana o pasado, qué importa, qué importaba, o nuestra madre o nuestro hermano mayor o alguien ya lo haría, hasta que hoy, algunos años después – pocos, muchos, qué se yo, qué importa en realidad- nos percatamos de que no poseemos ya ningún rotulador que se deslice por el papel sin arañarlo, secos todos ellos de sueños a la intemperie.

Yo a veces escucho los rotuladores de los demás arañando los papeles. Los suyos y los míos. Pero no les digo nada, claro, no vayan a pensar que estoy desquiciada. Me quedo en silencio escuchando la punta de sus rotuladores pretendiendo pintar la superficie pautada, teniendo la certeza de que acaban agujereando por donde pisan.

A partir de cierta edad, las mañanas de asueto tampoco duran (las otras, sin embargo, parecen extenderse sin remedio). Ni los fines de semana. Las novelas que nos leemos en verano se escurren entre los dedos. Una se bebe las páginas como si fueran gotas de agua fresca tras una dura etapa del Camino, en esa terraza mirando al Mar Negro o a un pueblo gallego rociado de hortensias; como si el instante fuera eterno y no nos persiguieran en nada rotuladores verdes, azules o marrones para arañarnos la piel por lo que no hicimos cuando tuvimos la oportunidad. 

Durante los meses de invierno, a veces, abro cada noche el mismo libro por la misma página y todo permanece igual mientras que una engorda en arrugas, en ojeras y noches en blanco.

Creo que comencé en esto del Facebook hace más de doce años. Doce. Se ventila una muy rápido una década de la vida. Doce años. Ya he perdido algún que otro capuchón, aunque no lo cuente. Alguna punta se ha secado y araña sin remedio. Doce años. Lo que una tarda en hacer una carrera, un máster y las primeras prácticas profesionales; o afianzar una vida profesional, o salir de la etapa de pañales, biberones e insomnio. De encontrar el amor y conservarlo o perderlo. Doce años ofreciendo el perfil más favorecedor a otros tantos perfiles, para una mañana, a la vuelta de unas vacaciones que han pasado demasiado rápido, intentar escribir con el último rotulador verde que parecía intacto, deslizarlo y darte cuenta -ay- de que ha perdido la suavidad en sus formas, de que ha rasgado con su trazo todo el camino y de que cuando acabe con el papel, vendrá a por mí para arañarme lo no vivido.

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