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Un cuento entre dos

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A las 4 de la madrugada hace ya horas que da vueltas en la cama, incapaz de dormirse. Una tras otra, cuenta ovejas blancas que saltan una valla, aunque no ha visto nunca que ninguna oveja salte vallas. Generalmente esta rutina consigue que el sueño llegue pero hoy, de golpe, ve que una de las ovejas que salta la valla es negra y eso lo desconcentra. Prueba a contar ovejas que sean todas negras. Muchas ovejas negras que saltan una valla. Pero, cuando casi está a punto de dormirse, aparece una oveja blanca en medio de las negras. De forma que decide pasar de ovejas. ¿Qué podría contar? ¿Cerdos que saltan una valla? ¿Señores que entran y salen por una puerta giratoria? ¿No hay otra solución que no sea contar algo? Está en la cama, con los ojos abiertos. Harto, decide levantarse. Va al lavabo, orina, se lava las manos y la cara, bebe un trago de agua, coge el paquete de pitillos y sale al balcón a fumar uno. En un balcón de la casa de delante, apoyada en la barandilla, hay una mujer que también fuma un pitillo. No la había visto nunca.

Mueve la cabeza en forma de saludo mientras pronuncia un “Qué hay” indeciso. Parece que la mujer del balcón de enfrente responde con un leve movimiento. “Aquí…”, contesta con una sonrisa. La chica  enciende otro cigarrillo con el resto del anterior. Un pitillo tras otro sería una alternativa válida para una noche de insomnio. Bosteza. Casi nunca fuma dos cigarros seguidos, pero esta noche enciende otro. Quiere hacerle compañía a la desconocida. Ya no busca dormir.

Tras la primera calada, observa cómo otra figura sale a la terraza y se abraza por detrás a la chica. En pocos segundos son sombras iniciando un juego precópula artificioso. El hombre que ya no quiere dormir no es un mirón, eso nunca, pero se acaba tranquilamente el segundo pitillo antes de volver dentro.

Deja el paquete de cigarrillos sobre la barandilla y se lava los dientes. Su mujer respira tranquila recostada en la cama sobre su lado derecho. Se aproxima por la espalda y se alegra de que ella le ofrezca el trasero, pero al instante aprieta los muslos y le da un manotazo.

Piensa en la vecina inclinada sobre la baranda, en la oveja negra, en los pitillos. Piensa en su mujer. En las noches de insomnio. En el número de manotazos. Se vuelve del costado izquierdo y cierra los ojos hasta que el sueño le vence, con el runrún de que quizás haya cosas en la vida de uno que es mejor no contar.

Esta es mi contribución al concurso de relatos organizado por lavanguardia.com con motivo del día de Sant Jordi 2016. La mecánica (y sólo la mecánica) ha sido muy sencilla: Quim Monzó ha escrito el inicio, y los lectores teníamos que finalizarlo. Aquí puedes leer el texto de todos los participantes.
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