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Piel de melotocón

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Un día, tendría quizás unos siete u ocho años, de viaje a algún sitio o de vuelta de cualquier lugar, paramos en la carretera a comprar melocotones. Desconozco ahora las razones que me llevaron a comerme un melocotón con esa avidez -la fruta y verdura eran mi penitencia entonces- pero sí araño de la memoria su jugo chorreándome la barbilla primero, continuando cuello abajo como un tímido afluente apenas unos segundos después.

Continuamos el viaje. Sin aire acondicionado, con calor y las ventanillas bajadas -como se viajaba entonces- mi hermano y yo discutiendo por cualquier nimiedad, por quién bajaba la ventanilla primero, o por quién la subía antes, échate pa’llá, te has pasado un milímetro de tu espacio, mamá, mira este niño. Y de pronto, mi cara, mis manos y mi cuello en carrera ardiente, la piel enrojecida pintando el camino del jugo de aquel melocotón con piel. Así descubrí una de mis alergias y así agarré mi coartada para que los adultos me pelaran el melocotón al llegar la hora del postre, cuando la verdadera razón era mi falta de destreza con el cuchillo. Es que soy alérgica, decía.

Hace un par de meses apareció algo anómalo en uno de mis pechos. Comencé las pruebas casi a escondidas, casi avergonzada, casi estupefacta y prácticamente convencida de que estaba pagando por algún crimen cometido.

¿En qué parte del cuerpo alberga una mujer la culpa?

Nunca antes había contemplado con tanta admiración la belleza de mis pechos. Nunca antes había escudriñado con tanto celo cada pliegue. Alimentó a mi hijo unos meses -la leche se retiró sin previo aviso- y dos años a mi hija. Cuando yo volvía de la oficina en bicicleta, sudada y sedienta, ella corría hacia mí gritando «¡Teta, teta, teta!» y apenas me daba un respiro para sentarme en la butaca y ofrecerle su propio melocotón, el que caía y le resbalaba panza abajo en una orgía de pura felicidad.

En unos días me quitarán un cuarto de mi pecho. Una cuarta parte de una parte de mi cuerpo. Es extraño sentir la ausencia de algo que aún no te han arrebatado. Supongo que todas las mutilaciones son nostálgicas, además de dolorosas. Sacarán de mi pecho derecho el volumen de un ratón. Moverán el resto para llenar el vacío, como si pudiera llenarse un vacío así, como si pudiera derramarse el vacío hasta hacerlo desaparecer, colmar lo que ya no está con lo que está.

Los agujeros que no se ven, esos abismos que nos engullen, ese convertirnos en una montaña de miedo, pero sin saber exactamente a qué -miedo a la muerte, miedo al dolor, miedo a la vida que quede después, miedo al miedo de mis hijos, miedo al miedo de mi marido, de mis padres, miedo a no ser ya una mujer- son más profundos que cualquier agujero que el cirujano pueda provocar en mi cuerpo. Habrá quien no comprenda esta exhibición pública de los terrores y me critique por ello y, claro, no puede ser sino respetable -cómo no iba a serlo- pero cuando solo contamos los logros, los platos de diseño que nos comemos, la arena finísima que se cuela entre nuestros dedos sin callos, o nuestros posados, estamos renunciando a esa parte de lo que somos, a nuestros agujeros y abismos, estamos renunciando incluso a esa urticaria provocada por un melocotón con piel devorado a pie de carretera una tarde de verano de los ochenta y yo hace tiempo que entendí que soy, sobre todo, mis agujeros. No se vuelve a comer la fruta como lo hace una en la infancia, en ese momento en que estamos completos y donde apenas hay grietas por la que dejar escapar ese néctar bendito.

Hace unos días leí de Andrés Ortiz que no concibe la alegría sin su reverso. Cuánta sabiduría en sus palabras. Cuánta honestidad.

Yo sólo sé despojarme del miedo a través de la escritura. El baile también me alivia, a qué negarlo, maravillosa esa tirita para el alma y expresión robada a un amigo que hace magia con las palabras. Bien es cierto que podría haber elegido escribirlo en la intimidad, esconderlo de todos, pero a mis hijos les digo que reconocer el miedo no nos hace débiles sino más fuertes, y fuerza es casi todo lo que necesito para continuar el camino. Estoy recibiendo tanto cariño de todos, tanta generosidad y empatía, tanta humanidad, que no he sido capaz de guardarme este nuevo agujero para mí sola, con la esperanza de que a alguien le sirva.

Bien sé que las palabras no se parecen a los fluidos que nombran. Las palabras no se asemejan a los sentimientos que nombran. Las palabras no se parecen a los abismos que bautizan. Palpo mi pecho, esa parte que en unos días albergará otro vacío sobre el que no quiero hablar, porque no tiene nombre.
Y si no lo nombro, no existe.
Si no lo nombro, no existe.
No lo nombro.
No existe.

Mentira. El cáncer.

Somos, precisamente, las palabras resignadas que no nombramos. Estos son nuestros verdaderos agujeros. Las redes sociales -las palabras- deberían servir también para eso, para abrir ventanas en las que asomarnos, aunque el paisaje no nos guste.

Los secretos que se gritan pierden su poder y nos hace menos vulnerables. El miedo no desaparece, pero el miedo compartido cava abismos menos profundos y más llevaderos. Acabo de escribir esto y casi de corrido me he comido un melocotón con piel a mordiscos, dejando que inunde mi barbilla y mi cuello, mi tatuaje repleto de palabras, mi pecho paralizado por el espanto.

Me digo: no tengo nada de lo que avergonzarme.
Me digo: es solo un cuarto.
Me digo: el Camino de Santiago comenzó hace unos meses.

Constato con felicidad que desapareció mi alergia a los melocotones, porque ahora soy yo la piel del melocotón. Y eso -creo- lo explica todo.

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6 Responses to “Piel de melotocón”

  1. r.adler dice:

    ¿Culpa? Olvídate. Suficientes culpas hemos de asumir por las cosas que no hacemos bien, como para cargar también con aquéllas en las que no tenemos nada que ver. Lo importante: detectado el problema a tiempo, va a dejar de ser un problema. Sigue adelante con tu vida. ¡Ánimo!

    • Xenia García dice:

      Eso es cierto. Nos atribuimos a veces lo que no nos corresponde. Esta tradición judeo cristiana de la culpa ;-) Muchas gracias por tus palabras. Ya estoy en casita. Ahora, pa’lante. Abrazos.

  2. Juan dice:

    Xenia te conozco solo por terceros pero deja te diga que tu pecho, y tu entera, contigo y la medicina y quienes te quieren seréis inundados por esa piel de melocotón y su jugo.
    Un beso

  3. Lupe dice:

    Gracias… «Somos las palabras que no nombramos… Me llegaste a mis agujeros…

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