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Beautiful

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Tiene 8 años y la escucho por la calle decirle a su amiga que va a dejar de comer carne porque engorda. Y en el cole, ya se sabe, a los niños no les gustan las gorditas. Y su panza no es una barriguita. Sino una panza. Una panza gorda.

No puedo evitar acordarme de esos años en los que usaba gafas aguantando alguna que otra mofa de mis compañeros. Hasta que me operé de miopía hace no mucho. También atrapé la costumbre de reirme tapándome la boca para esconder mis dientes torcidos y apiñados. Hasta que con más de treinta años me puse ortodoncia. El corsé ortopédico por mis problemas de espalda a los 17 lo llevé algo peor, la verdad. Hoy día sigo soñando que soy un robot con tanto aparato rectificando mi cuerpo. Dejé de ponerme tacones porque me veía alta y desgarbada. Cuando a los 15 era una tabla, usaba camisetas estrechas. Cuando por fin desarrollé, las usabas anchas para ocultar los pechos.

Me han entrado ganas de cogerla de la mano y gritarle esta canción. De decirle que afortunadamente, y a veces, la madurez trae consigo la libertad de reirse con la boca abierta, una vista cansada pero selectiva y crítica, el subirse a unos tacones aunque le saques la cabeza a los que vayan a tu lado, a ir plana si te da la gana, a ir con la cara lavada o maquillada.

Y de todas esas formas somos preciosas. Únicas. Diferentes. No importa lo que te digan.

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