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Las tapas de mi best seller

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se traspasa
La primera vez que me enamoré me regalaron un libro de bolsillo para que leyera durante las ocho horas de vuelo.  Devoré los poemas sin descanso. Disfruté de aquel encuentro y olvidé el libro en una maleta. Hasta que dos años después emprendí el último viaje. Lo llevé conmigo de nuevo, sintiéndolo extraño. Me pareció que tenía más páginas de las que recordaba y lo releí en silencio. Mi primer amor dejó que me marchara. Y me marché con el libro. Durante el vuelo de vuelta a casa, sus páginas habían adelgazado. Y no sólo había poemas. Lloré mucho. Mucho tiempo. También encima del libro.

Fueron pasando los años y me aventuré a leer otras cosas. Llegué a avergonzarme de aquel libro de bolsillo con algunas páginas arrugadas de llanto por lo que en su día me había arrancado. Lo guardé para no verlo. No lo tiré. Yo nunca tiro libros. Ni páginas. Ni nada que tenga letras. Por eso guardo aún el billete de avión de aquel viaje entre sus poemas.

El día que me vestí de blanco vi cómo el ejemplar dejaba de ser un libro de bolsillo y sus tapas se volvieron recias y firmes como una promesa. Lo acaricié. Sus páginas crecieron y descubrí entonces muchos espacios en blanco. Interlineados inmensos. Páginas vacías. Pero no me preocupé, segura de poder llenarlas de palabras, de música, de sueños.
Cuando nació mi primer hijo descubrí que ya no era un libro de poemas sino una novela. Durante las horas que mi hijo se agarraba al pecho, le leía en voz alta. Él crecía apretado a mi latido y al olor del papel. Pero mi habla era lento y comencé a arrastrar las palabras. El tiempo escaso. Y por cada página que avanzaba, la historia cambiaba y olvidaba lo leído. Hasta que vino el destete y dejé de leer, y aquella aventura quedó en mi mesita de noche. Aunque no la escondí.
Luego me divorcié. También lloré. Pero no encima del libro. No había libros suficientes. Tuvimos que repartir los dolores, incluidos los que estaban expuestos en la librería del salón. No reconocí el lomo de aquel libro. Su olor era familiar, pero su tacto me era ajeno. Aún así, no me sorprendí. Tampoco yo era la misma. Lo abrí y no pude encontrar ni un sólo poema de aquellos años, sino imágenes yermas e inhóspitas de los más bellos desiertos del mundo.  El desierto de Siria, el de Gobi, el de Kalahari. Y entre ellos, el billete de ida y vuelta de mi primer gran viaje. Y mi nombre emborronado en su primera hoja.
Arranqué las páginas más dolorosas y no quise abrirlo en mucho tiempo. Dejé mi nombre, cómo no. Hasta que meses después mi hijo comenzó a leer y quiso jugar a inventarse historias con cada imagen de ese libro. Él no encontró desiertos, sino viñetas y diálogos. También algunos superhéroes que le hablaban. Así me reconcilié con sus páginas.
Para entonces ya había vuelto a encontrar el amor, pero estaba tan entregada a vivirlo que aparté toda lectura unos meses. Cuando nació la niña quisimos contarle historias, pero jugamos a inventarlas para que tuviera las suyas propias y bebiera de mi pezón todo el tiempo que quisiera. Así lo hizo. Así que durante unos años olvidé los libros antiguos. También el mío. Pero hoy he soñado con él. Con los poemas. Con los viajes. Con los desiertos y las lágrimas. Con la novela y los relatos que nunca pude acabar. Con los superhéroes que me hablaban. Y sus tapas blandas y luego férreas. Me encuentro contigo y tú soplas suavecito primero, con los carrillos apenas tensos. Suspiras en sus cubiertas. Y yo pienso que podrá resistir. Lo ha hecho tantas veces que no podrás matarlo. Pero las primeras vocales se desvanecen volando. Sigues soplando mientras te ríes. Mientras me salpicas con tu risa. Pero no me da tiempo a limpiarme ni a sentir asco, porque tengo que ir detrás de mis vocales. Para que no me robes nada más. Que esta vida es mía. Corro tras las palabras pero comienza la lluvia. Deshace mi libro poco a poco y cuando vuelvo, en tus manos sólo queda una imagen. Una lámina con tu nombre tachado.
(Mi sueño de hoy)

Xenia García

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