Una vez tuve seis años y no sabía hacer la cama, no sabía hacer prácticamente nada, pero había una brisa desafiante en tenerlo todo por aprender que me levantaba la falda y el flequillo, un vacío que me hacía cosquillas, un no saber que no sabía que me volvía despreocupada y soberbia. Las manos de mi abuela entraban en la habitación cada mañana para interrogar las sábanas y yo no hacía otra cosa más que mirarla hacer, en silencio. Sus manos bailaban sobre las sábanas arando la noche y yo permanecía junto a la puerta observando cada movimiento –ahora esta arruga, ahora esta otra–, escoltando ese deslizar la mano una y otra vez por los mismos rincones hasta no dejar rastro de oscuridad.
Una vez tuve seis, quizás fueran siete, y me dijo: Ahora tú. Y entonces pensé que sabía, que bastaba con observar durante un tiempo esa pulcritud en los movimientos para instruirse en cualquier cosa. Y yo no sabía que no sabía. Y ella no cejó hasta enseñarme a hacer la cama sin dejar ni una sola arruga: las esquinas dobladas con precisión geométrica, las mantas alineadas con una especie de fervor, como si en ello le fuera la dignidad del día.
Ahora tú, me dijo. Y a veces salía regular, y a veces salía bien, y a veces salía peor. Y cuando no salía yo escondía mi propia mediocridad bajo la colcha, al fin y al cabo, ella era vieja y los viejos no pueden estar en todo, no pueden verlo todo, y qué más da una arruga, a ver, qué más daba, casi estaba hecha, si una va a acostarse otra vez en la misma cama febril, entre las mismas sábanas, habitando el mismo hueco, si lo que no se ve no existe y la arruga la tapaba la colcha. Y entonces ella llegaba con sus babuchas oscuras y levantaba el cobertor exactamente en el lugar preciso en el que yo había dejado la falla, señalando con el dedo: Casi casi, joía por culo.
A veces añoro aquellos días en los que una se sabía nieta por encima de hija, amiga, prima o hermana. Por aquel tiempo no lo entendía del todo, pero ahora sé que mi abuela pavimentó la excelencia alisando las sábanas de su cama en una liturgia que a veces repito. Cada vez que estiro una colcha —incluso en los días más torpes, incluso cuando me da igual porque he de volar a la oficina o porque tengo esta u otra preocupación—, vuelvo a aquellos días de enseñanza callada: hay cosas que deben hacerse bien, aunque nadie las vea.
No hay nada de malo en querer deslizar las manos por las sábanas hasta dejarlas inmaculadas. Eso me digo. No hay nada de malo en desear lo mejor, en disfrutar de hacer bien las cosas, aunque a veces nos quedemos en el camino o precisamente por esa misma razón, en esa mitad de la montaña que los romanos llamaban mediocris, como un casi eterno, últimamente retumbando en mis oídos como una terrible melodía: un pisito de casi dos habitaciones; un sueldo casi digno; un casi amor, casi amante, casi padre, casi madre, un descafeinado.
El casi como estado hiriente del ser.
¿Se puede ser casi un hombre? ¿Se puede ser casi miserable? ¿Casi feliz? ¿Y una casi madre, casi amante, casi escritora, casi hija, casi mujer?

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